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El
Monasterio, de M. M. Concepcionistas Franciscanas de Cabeza del Buey,
está enclavado en pleno centro del pueblo. Desde su fundación,
por el Comendador D. Frey Martín Rol, el día 13 de mayo
de 1523, fue plantel de santidad y se convirtió muy pronto en casa
de oración perpetua. Su vida se centra en la adoración al
Santísimo Sacramento, presente en la Eucaristía, y en honrar
el misterio de Maria en su Concepción Inmaculada.
La fundadora de la Orden fue Santa Beatriz de Silva y Meneses, de sangre
noble. El rey D. Juan II de Castilla, contrajo matrimonio en segundas
nupcias con la Infanta Isabel de Portugal, y ésta la escogió
para dama de su corte en Castilla. entonces ella decide consagrarse al
Señor por entero, y abandonando el Palacio, se dirige a Toledo
donde con la ayuda de la Reina Isabel la Católica, que le donó
los palacios de Galiana, funda la Orden de Maria Inmaculada.
Estas Hermanas viven en Comunidad, con votos de pobreza, obediencia, castidad
y clausura, y desde la fe y el ocultamiento silencioso, abrazan esta forma
de vida, como oblación personal a Jesucristo, entregándose
como hostia viva, en cuerpo y alma, en sacrificio constante, y en un clima
de recogimiento. La fuerza para esos compromisos, les viene de la oración,
sencilla, vital y cotidiana, como fue la de Maria de Nazaret, que solo
pensaba y miraba la gloria de su Hijo y de Dios su Padre.
Ha sido desde sus comienzos, una Comunidad floreciente en vocaciones y
muy numerosa, llegando a fundar, tres Monasterios: uno en Trujillo, con
ocho religiosas, el año 1.536; otro en Villanueva de la Serena,
el año en 1.626 y otro en Medellín, el año 1.568.
Este último ha desaparecido.
Las Hermanas de este Monasterio han pasado por momentos muy duros y por
muchas vicisitudes, siendo expulsadas de él, en dos ocasiones,
y teniéndose que refugiar en otros
Conventos de la misma Orden e incluso en una casa que una familia les
cedió por caridad, alojándose ellos en otra, para que pudiesen
vivir ellas solas, como si estuvieran es su propio Monasterio, haciendo
su vida de Comunidad. También una vez estuvo en venta,....pero
un hijo del pueblo la suspendió, después de realizar varias
gestiones, ante el Ministro de Gracia y Justicia. Varias veces estuvo
casi al límite de su desaparición, pero era tan grande el
interés de toda la Orden por mantener en pie este Monasterio, que
vinieron de Guadalajara hermanas para que no se cerrase, y en el año
1871, vinieron del convento de santa Clara de Córdoba, seis monjas
para reforzar la Comunidad.
También la Madre Teresa de Jesús Romero y Balmaseda, estuvo
dispuesta a abandonar su Monasterio de Hinojosa del Duque, donde era Abadesa,
por ayudar a este de su pueblo, pues ella era natural de esta villa de
Cabeza del Buey. Su proceso de beatificación está incoado
en Roma, pues ha muerto en olor de santidad, por la heroicidad de sus
virtudes.
El año 1908 vinieron de la Comunidad de Trujillo seis religiosas,
saldando así la deuda de inmensa gratitud que les ligaba a quienes
debían su existencia.
Dios ha velado siempre por este Monasterio con amor de Padre. Era muy
grande el gozo de las religiosas cuando se reunieron definitivamente después
de la última dispersión, tras la Guerra Civil y persecución
religiosa de 1936 – 1939. Las bendiciones de Dios sobre esta comunidad
fueron grandes, pues no faltaron almas buenas que con sus limosnas ayudaron
a la restauración del Convento, especialmente un militar de alta
graduación, que quiso vivir en la casa donde residían las
religiosas, y con su dinero aceleró mas rápidamente la obra,
para que pudiesen trasladarse las hermanas definitivamente a su Monasterio.
Las hermanas que regresaron eran 14, incluidas dos profesas simples. Hubo
después un florecer esplendoroso de vocaciones, pues en poco tiempo
ingresaron en el Monasterio nueve postulantes, de las provincias, de León,
Córdoba y Extremadura, Cáceres y Badajoz. Fueron muchas
las reparaciones y reformas que se hicieron en el convento, pues al ser
una comunidad muy numerosa, tuvieron que ampliar el refectorio, sala de
labor, cocina, noviciado, y sobre todo el coro, que era muy pequeño.
Vieron con claridad la providencia de Dios con ellas, pues lo restauraron
todo con limosnas del pueblo; de no ser así hubiese sido imposible,
pues el trabajo de bordado que realizaban no cubría todos los gastos.
En
el año 1960 llegó la comunidad al número de 30 Religiosas.
Han ido falleciendo hermanas mayores y actualmente forman la Comunidad
14 Religiosas, incluida una joven profesa simple de 21 años, natural
de Cabeza del Buey,
El hábito es blanco, con manto azul y llevan en el hombro y en
el pecho, la medalla de María Inmaculada, obligándose así
a vivir las actitudes de Ella, en el seguimiento de Cristo, proclamando
en actitud contemplativa la soberanía absoluta de Dios.
Desde el principio y durante toda la vida, se instruye y forma a cada
religiosa Concepcionista, en todo cuanto ha de observar en el Monasterio,
para que con madura deliberación, al abrazar esta vida y Regla,
supere las dificultades que encuentre en este divino camino.
La formación se desarrolla teniendo el debido aprecio a la disciplina,
en la cual se forja el equilibrio del temperamento y del carácter
propio, el dominio de sí, la vivencia de las virtudes y el ejercicio
infatigable de la caridad en la vida de Comunidad, que capacita a la religiosa,
para ser cada vez mas sensible a la necesidad de mantener viva la ilusión
y fidelidad de su entrega en el seguimiento de Cristo y la imitación
de la Virgen María. Con Ella debe aspirar a un conocimiento mas
íntimo de Dios, dedicando un tiempo diario a la oración,
en la acogida y contemplación de la Palabra de Dios.
El trabajo es para todo hombre una necesidad de orden físico y
psicológico, aparte de un mandato divino. La Iglesia
también lo recomienda y, como dice Santo Tomás, es un medio
de subsistencia. También la Regla de estas hermanas les pide que
trabajen fiel y devotamente de modo que atestigüen el sentido humano
del trabajo lo conviertan en medio de sustentación y de servicio,
y mediante él cooperen al perfeccionamiento de la creación
divina y se asocien a la obra redentora de Cristo. Les dice también,
que las hermanas que no supieren trabajar deben aprender, pues es un medio
de perfeccionamiento personal.
El trabajo es una ley común de Dios y como tal debe ser gozoso,
por ser su Voluntad, cumpliendo con su precepto de trabajar con el sudor
de la frente.
Antiguamente las religiosas no se comprometían a trabajos con el
exterior, como no fuesen los bordados que los familiares y los bienhechores
solicitaban de ellas. Hoy día, al igual que cualquier pobre, es
el medio más normal de sustentación y las hermanas trabajan
todos los días unas horas, por la mañana en la elaboración
de pastelería y bollería. Hacen también tartas de
encargo. Intentan hacerlo con suma delicadeza y, por supuesto son exquisitos.
Es digna de mencionar la variación de dulces de almendra que se
hace para Navidad, elaborados todos con materias primas, de alta calidad,
y sumamente deliciosos.
Por la tarde con la lectura espiritual trabajan también una hora,
y terminada esta, cada una se retira para el estudio particular. La oración
y contemplación, ocupa el lugar de preferencia en sus vidas. Después
del toque de unas pocas campanadas, como aviso, y preparación,
las hermanas se retiran al coro o capilla para hacer la oración
personal, que no es otra cosa que comunicarse más directamente
con Dios, tratando más de cerca, “a solas con quien sabemos
nos ama”, como decía Santa Teresa de Jesús, maestra
de oración y pidiendo por toda la Humanidad, tan necesitada del
perdón y misericordia de Dios. A continuación, rezan las
Vísperas, expresión culminante de la oración de la
Iglesia, que ora sin desfallecer. Ya Jesús al comienzo de su vida
pública enseña a sus discípulos a orar. Frecuenta
el templo y celebra las fiestas de Israel, pero sobre todo celebra con
sus discípulos la cena pascual, en la que introduce la nueva acción
memorial de la ofrenda de su cuerpo y de su sangre bajo las especies de
pan y de vino. Qué amor tan grande el de Jesús que entrega
su vida por nosotros. “Nadie tiene amor tan grande que el que da
su vida por sus amigos, nos dice Jesús, en el Evangelio de Juan.(Jn
15, 13) Dar la vida, entregar la vida, es signo del amor infinito de Dios
a los hombres. Hay en el mundo personas que se entregan a Dios sin reservas,
fiel y generosamente,
por la consagración religiosa. Esta es un misterio de generosidad
del alma con Dios y un regalo inmerecido de sus amorosas manos.
¡Ojalá hubiera muchas jóvenes que se entregaran a
Dios, en cuerpo y alma, en plenitud de vida, y como dice el Papa, mostrando
al mundo la belleza de una entrega fiel y generosa, a ese mundo que se
fatiga por la búsqueda de una felicidad de bienes incapaz de producirla!
No antepongáis nada a Cristo decía San Benito. Sabéis
bien que vuestra profesión realiza en plenitud el dinamismo de
la consagración bautismal.
Que Maria Virgen fiel,, guíe a la Iglesia nuestra Madre,
y a todos sus hijos, para que nuestras vidas hagan presentes a Cristo
en medio de los hombres.
Confiad en Dios y abandonaros en brazos de Maria. Poned en sus
manos todos vuestros afanes y preocupaciones, que nunca os abandonará.
Ella es Madre de todos.
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